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Hace siete años, Rafael armó una e-zine llamada “Larva en prosa” donde publiqué un cuentito. La revista ya no existe, pero como hoy me acordé de él, lo publicaré a manera de post. Estoy tratando de terminar mi tesis y saber que soy capaz de escribir me ayuda a seguir escribiendo ¡ja! Así que sí, pueden considerar este acto como una sobadita a mi autoestima.

¡Ah sí! me acordé de este cuento porque me topé con este increíble comic

Adiós

Maldita la hora en que se me ocurrió decir Adiós.
No lo pensé.
A veces digo las cosas sin pensar.
Es un defecto que le achaco a mi condición de niña mimada.

Eso de no saber cuándo decir o no decir Adiós también es un defecto.
La culpa la tienen mis padres.
Tantas reuniones familiares en que me obligaban a despedirme de todos:
Tías, abuelita, primos, desconocidos
“dale un beso, no seas ranchera”
Es todo un arte, eso de despedirse.
¿Cómo saber si extender la mano?
¿Te acomodas para el beso?
¿Un apretón o dos?
¿Un Abrazo?

A algunas personas no les gusta que las toquen.
Por eso no se despiden.
No es que a mí me disguste el contacto físico.
Más bien es que temo a equivocarme a la hora de la despedida.
Que el despedido se moleste.
También es un defecto.
Eso del miedo a equivocarme.
A veces es tan magnético
el miedo
que ni siquiera me atrevo a intentar.
Eso es cosa mía.
Pura inseguridad.

No debí despedirme.
Ahora me arrepiento.
No se necesitaba ningún Adiós.
Hay cosas que saben vivir solas
como los muebles.

Ahora tengo que despedirme
todos los días
de la cama
el espejo
los libreros
el sillón
las cortinas
y las sillas.

Al baúl le gustan los abrazos,
la puerta solo quiere un apretón de manos,
el ventilador solo sonríe,
pero a los floreros
tengo que darles un beso en cada mejilla
¡como si fueran europeos!

Comer

Recuerdo muy bien que cuando estaba en la preparatoria, regresaba a mi casa a las 5:00 pm después de los ensayos del taller de comedia musical (sí, estuve en un musical) muerta de hambre y de cansancio y lo único que me hacía feliz era tomarme un vaso enorme de leche helada con chocomilk. Es que nunca me ha gustado la leche sola.

Luego, por un breve periodo de tiempo en el que no tuve trabajo pero aún estaba en la universidad, comía con mi abuelita (porque vivía con ella). Guisaba los frijoles con manteca y tenía un calentador de tortillas eléctrico que ponía en la mesa, así no había que pararse a la estufa. Siempre cocía betabeles, elotes, calabacitas y zanahorias. Me encantaba rebanar los elotes y comerme los granitos con crema y queso cotija.

Cuando vivía con Alva y trabajábamos juntas, nos las ingeniábamos para hacernos de comer. Ninguna de las dos somos amantes de las labores del hogar (cocinar, lavar platos, trapear, ir al super, mantener la casa ordenada… esas cosas ), así que la mayor parte del tiempo comíamos quesadillas. Una vez tratamos de hacer carne en su jugo pero no nos quedó muy bien. Igual nos la comimos. [Ahora que la visito en Guadalajara, tenemos la bonita costumbre de combinar los alimentos con cerveza (o vino) y seguir con las bebidas hasta que anochece. O amance]

Cuando el Ingeniero y yo comenzamos a vivir juntos, me paraba temprano para cocinar y hacerle compañía. Dos semanas le duró el gusto. Luego, sólo compartíamos la hora de la comida los fines de semana. Una vez preparamos una pizza que nos quedó deliciosa. Otra vez intentamos hacer no sé qué cosa con tomates y quedó todo crudo. También inventé una receta de chilaquies con salsa de chile pasilla y queso Philadelphia y él incursionó en la cocina coreana con el bulgogi. Muchas veces me preparó sushi y otras miles pedimos comida a domicilio.

Cuando me vine al DF y vivía con Gnomoshky fueron pocas las veces que compartimos la comida, pero esas pocas fueron memorables. Y es que él es un gran cocinero. Una vez preparamos hot cakes con tocino y él hizo una salsa de manzana casi de la nada. También hizo pozole y carne en su jugo, la compartimos con muchos amigos en una buena borrachera.

Desde hace cuatro meses que vivo con Javier, hemos comido juntos casi todos los días. Nuestra pequeñísima cocina y la ausencia de refrigerador hasta hace un mes, no nos permitían preparar mucho en casa. Salíamos todos los días al mercado a comprar guisados: una bolsota de arroz rojo por 6 pesos, guisado para los dos por 35 pesos, 10 pesos de frijoles que nos duraban dos días y 2 ó 3 pesos de tortillas. Sólo tenemos una olla y un sartén. Nos las ingeniamos para calentar todo en ambas, primero una cosa y luego la otra o en la mitad del sartén el arroz y en la otra mitad el guisado.

No tengo ningún recuerdo memorable de comer sola, al contrario. Cuando todavía trabajaba en el ITESO y salía a comer sola, comía pizza, o papas, o comida china que siempre me hacía daño. Las temporadas que pasaba sola en casa cuando ya no trabajaba en el Colegio de Jalisco ni en el ITESO, comía galletas. O no comía nada. En casa de Gnomoshky, cuando no estaba él, tampoco comía mucho: a veces arroz con atún, a veces quesadillas, a veces nada. Y recordarme haciendo eso me parte el corazón. No sé por qué lo hago.

Hoy Javier se fue a su nuevo trabajo. Tendré que comer sola de ahora en adelante. No sé en qué terminará esto y creo que apenas me di cuenta de lo grave que es.

La evidencia

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