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agosto 10, 2006

Aunque estoy a merced de las malévolas y depresivas hormonas, escribiré lo que pensé hoy en la mañana, porque para mí es, hoy, la pura verdad.

Me estaba lavando los dientes cuando sentí o recordé o viajé o algo así al D.F. Regresé en el tiempo y me situé en aquella época en la que era feliz. Despertaba feliz, caminaba campante por las calles, iba a la escuela con una pasión desmedida y trabajaba más o menos arduamente. Mientras me lavaba los dientes solo sonreí porque recordé esa felicidad y recordé las calles y las clases y el aire y la comida y, sobre todo, cómo me sentía.

Ya luego, mientras bajaba las escaleras del Tren Ligero, lo entendí. Entendí por qué en aquel tiempo era feliz. Porque tenía esperanza, creía en lo que hacía y estaba asombrada. Yo caminaba por el D.F. con la boca abierta. Iba a clases boquiabierta. Leía y no podía creer que estuviera leyendo lo que estaba leyendo. No podía creer que algo así me pasara a mí. No podía creer que estuviera viviendo algo tan maravilloso. Era el sueño de mi vida: estaba “sola” en una ciudad enorme, estudiando en una escuela hermosa y trabajando para mantenerme. ¿Qué más podía pedir? Eso que hacía era lo que siempre me había imaginado haciendo. Y era asombroso porque jamás pensé que lo estaría haciendo a esa edad (tenía 18 años).

Y de pronto se esfumó.

Y volví a Guadalajara. Y estudié con pasión. Y trabajé en cosas que me gustan. Y me enamoré perdidamente. Y planeé mi futuro. Pero algo hizo falta y sigue haciendo falta. Y ya sé qué es.

El asombro. La estupefacción. La esperanza. La fe ciega.

Y quisiera culpar a aquellos que se dicen “intelectuales” o “historiadores” o “investigadores” por no ser más que la suma del trabajo de sus auxiliares. O a los catedráticos que usan términos rimbombantes pero vacíos de significado para impresionar a los que, como antes yo, no entienden de lo que hablan. O al ineficaz sistema educativo de este país y, en consecuencia, al desinterés del gobierno con respecto a la inversión en proyectos que la fomenten.

Pero sé que la culpa la tiene mi miedo. El miedo a verme sola de nuevo, en una ciudad enorme, en un país distinto, sin un futuro brillante y esperanzador. Mi miedo de siempre: el de no ser capaz.

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