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(no subject)

julio 10, 2006

Yo no creo que uno elige los libros que lee. Creo que los libros lo eligen a uno.

Así me pasó con El rinoceronte del Papa. Lo vi, lo hojeé, lo dejé en su lugar. Lo volví a ver, lo volví a hojear y lo volví a dejar en su lugar. Tres meses después lo volví a ver, lo volteé, lo revisé por todos lados y lo volví a dejar en su lugar. Dos años después lo ví en otra librería y lo compré. Lo cargué, lo leí, lo soñé, lo viví, me lo tragué. Lo presté, lo presté de nuevo y lo volví a prestar. Lo recomendé, lo platiqué, lo defendí y lo dejé ir.

A Pérez-Reverte no lo conocía. Veía las pilas de libros: El club Dumas, La tabla de Flandes, La piel del tambor, El Capitán Alatriste. Los veía y me apetecían. Vi La carta esférica recién publicado. Lo tuve en mis manos un par de veces. Lo volví a ver hace dos semanas. Lo compré. Lo leí, lo devoré, lo lloré, lo viví, lo soñé.

No me pudo llegar en mejor momento. Me llegó al alma. Me enamoré del marinero. Perdidamente.

Y ni siquiera considero que sea una excelente novela. No me sorprendió la prosa ni la historia ni el final, pero los personajes me calaron hondo.

Y el sábado en la noche y el domingo en la mañana, cuando miraba mi mano en su espalda o su brazo en mi cintura o su pierna entre las mías, un nudo me apretaba la garganta cuando pensaba en el marinero y pensaba en nosotros. Cuando comparaba su historia con la nuestra. Cuando me reconocía y lo reconocía en él. Cuando me reconocía y lo reconocía en ella.

Porque el marinero soy yo, porque la que necesita desesperadamente un barco soy yo, porque la que se siente perdida sin cartas esféricas soy yo. Porque ya no soy la historiadora que busca incansablemente el barco perdido y que tiene todo planeado, ya no soy la que tiene todo bajo control y la que decide cuándo termina, ya no soy la que busca hasta encontrar sus esmeraldas a pesar de que todos decían que era imposible.

Y quiero volver a ser esa historiadora, quiero ser Tánger Soto y no Coy.

p.d. La Tánger Soto del último capítulo es una pinche vieja culera. Quiero ser la Tánger Soto hasta el penúltimo capítulo, la que parecía capaz de amar al marinero.

p.p.d. Y tal vez ahí radica la diferencia entre ella y yo, mi pasado y mi presente: que elegí al marinero y me olvidé de las esmeraldas.

3 comentarios
  1. No leí la Carta Esférica de Pérez Reverte, pero he leído otras novelas suyas (La Tabla de Flandes, El maestro de esgrima, La piel del tambor,…) y en todas ellas aparecen los mismos tipos de personajes, de ver las cosas, sólo que en cada novela le da importacia máxima a uno de ellos. Me gusta. Me alegro de tu identificación con los personajes. Supongo que aún puedes conseguir esmeraldas con tu marinero, no?

  2. (suspiro) sí… supongo que puedo conseguir las esmeraldas, el problema es que al marinero le interese aventurarse conmigo.

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