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Minientrada

Sobre terminar cosas

Comencé este post la tarde del lunes 14 de octubre y lo comencé así:

 Tengo ganas de gritar y de llorar y de correr y abrazar al mundo entero. Todavía no termina el largo proceso que comencé hace varios años, pero por fin tengo la certeza de que lo terminaré y eso me llena de una emoción que hace tiempo no sentía. Por primera vez en mucho tiempo me siento bien conmigo, orgullosa de mí misma y con ganas de enfrentar lo que sigue.

porque, efectivamente, lloré y grité y corrí y brinqué y, aunque no abracé al mundo entero, sí abrace a algunas personas. Todavía me siento así. Obviamente no me la paso gritando y brincando, pero todavía me acuerdo y me emociono. Lloro poquito cuando lo platico.

Para muchas personas el proceso de hacer una tesis puede ser simplemente un trámite, pero para mí fue un proceso emocional que involucró, sin exagerar, absolutamente todas las facetas de mi vida. Estudiar la maestría era uno de mis objetivos desde la licenciatura (y varios posts en este blog dan testimonio de ello), pero nunca creí que concluir el proceso con la tesis sería tan doloroso y que exigiría de mí más emociones que intelecto. En realidad no es la tesis, es todo: se trata de mi vocación. Miles de veces me pregunté si había elegido el camino correcto, pensaba que si de verdad esta fuera la profesión más indicada para mí, entonces no tendría por qué costarme tanto trabajo. Pensaba que algo me hacía falta para ser esa persona que siempre me imaginé y que ese “algo” era inalcanzable.

No sé en qué momento dejé de pensar eso. Un día, simplemente me senté y terminé. No puedo decir que dejé de tener miedo porque todavía lo tengo, es solo que ya no me paraliza. Lo malo es que no puedo explicar cómo ni por qué cambió mi manera de sentir con respecto a mi trabajo. Quizás fue el viaje que hice en mayo que me animó a terminar para comenzar algo nuevo allá, o que mi círculo de amistades se enriqueció al estar en contacto con gente llena de ideas y proyectos hermosos o que vi otro de mis trabajos concluir después de muchos años y pensé “entonces sí puedo”. O fueron todas esas cosas juntas o quizás ninguna.

Hoy, diez días después, publico este post porque ni modo de dejarlo empezado.

Escribir sobre escribir

Podría escribir sobre muchas cosas. Escribir, por ejemplo, sobre lo mucho que tiendo a procrastinar y que me cuesta muchísimo trabajo mantener mi casa ordenada y limpia. Que acabo de implementar un sistema que hasta ahora ha funcionado y que creo que será lo único que me ayude por lo menos un tiempo: pegué un calendario en el refrigerador y anoté, para cada día del mes, una actividad específica. Hoy, por ejemplo, tocaba lavar la ropa de trabajo de @aibreth, limpiar la arena de los gatos e ir al super. Ayer tocaba lavar pantalones de mezclilla, lavar el baño y aspirar. Mañana toca lavar trapos, toallas o trapeador, sacudir y sacar la basura (los trastes se lavan diario, no se preocupen). Hacer las cosas de tres en tres me ha ayudado a no ver la inmensa cantidad de cosas que tengo que hacer y sentir que jamás las voy a terminar. Podría escribir sobre eso y sobre sugerencias y métodos que encontré en línea para llevar a cabo las tareas del hogar que tanta flojera me dan.

También podría hablar sobre mi próximo viaje. Sobre cómo estuve buscando una especie de “guía de Italia para historiadores del arte” y no encontré y por eso quiero hacer la mía. Sobre qué quiero visitar y por qué. Quiero visitar, por ejemplo, San Marcos en Florencia porque ahí está el panel de Fra Angelico que Didi-Huberman relacionó con Pollock y a partir del cual hizo su trabajo sobre el anacronismo de las imágenes y el oficio de la historia del arte. Quiero ir a Urbino para saber cómo era la ciudad donde nació Rafael Sanzio; a Venecia para experimentar lo que describe Jeanette Winterson en The Passion; a Murano para entender la Historia del espejo de Sabine Melchior-Bonnet. Quiero ver de cerca todas esas imágenes que he visto en mis libros de historia del arte. Podría escribir varios posts sobre eso, o incluso un blog entero.

O podría escribir también sobre mi abandono y posterior reencuentro con Twitter. De cómo me quitaba tanto tiempo y me distraía al grado de estar pensando durante todo el día en la gente a la que sigo y en tuits. No pensaba en ellos tal cual, sino en lo que tuiteaban y cómo lo que tuiteaban me molestaba y me afectaba. Pensaba en lo que debí haber contestado, en lo que debí o no haber tuiteado para que no me molestaran, en cómo podía haber dicho las cosas de diferente manera para que no se malinterpretaran. Y cómo ahora que he vuelto ya no puedo tuitear nada porque soy demasiado consciente de lo que no me gusta que la gente diga y por eso no quiero decirlo yo tampoco. Como aquella vez que tuitée “Hoy amanecí muy fea” y luego J cuando me vio me dijo “solo tuiteaste eso para que la gente te contestara que no estás fea”. Y sí, tenía razón. Y entonces cuando quiero tuitear algo, primero pienso “¿por qué quieres tuitear esto? ¿qué reacción estás esperando? ¿no suena demasiado patético que digas eso? ¿no te parece ridículo?”. Y así mi peor crítica que soy yo misma gana como siempre. Podría escribir sobre esa enemiga que tengo, pero ya lo he hecho antes.

De todo eso podría escribir, pero la verdad es que no lo hago porque ¿por qué? no sé… Pero hicimos un trato @VforVancouver, @hgutierrezv y yo y por eso estoy escribiendo sobre todo lo que podría escribir pero no escribo.

Volver

Olvidé cómo escribir, olvidé que puedo hacerlo y que me gusta, que tengo cosas que decir y que quiero respuestas.

No sé cómo volver, no sé ni siquiera dónde estoy y si todavía es posible regresar. 

Tengo que apropiarme de mis letras, confiar de nuevo en mis palabras, creer en mis páginas aunque todavía me falten muchas por escribir.