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DOS

¿DOS?
UNO ¿no?
Sí!
¡¡U N O!!

AAAAYYYYYY!!!!

TRES

Generalmente el Ingeniero se levanta a las 6:40 y sale de la casa a las 7:15 (de la mañana por supuesto). Siempre se despide de mí antes de irse, me da un beso en el cachete babeado. Yo le contesto con un ronquido. O no le contesto. O sueño que le contesto.

Hoy me levanté junto con él.

Mientras se preparaba su café, le recité sus pendientes del día:
- No se te olvide hablarle a Pedro
- No
- Ah! y hacer la cita en la estética
- No, ya lo anoté en mi agenda
- Y llamarle al Gabo para lo del vino
- Ah sí, le llamo
- ¿Dónde me dejaste el cheque del vino?
- Ahí
- ¿Y la ficha de depósito del banquete?
- No la tengo
- ¿Cómo que no la tienes?
- Te la quedaste tú
- Ah
- ….
- ¿Y los tenis? ¿cuando piensas ir a comprarlos? ¿ves? ¡por eso te dije que fuéramos el domingo!!
- …
- ¿Ya entregaste todas las invitaciones?
- Sí
- ¿Las de tu familia?
- Sí
- ¿Cuándo le vas a dar la suya a Daniel y a Ángel? ¿el día de la fiesta? ¿en la entrada o qué? ¿piensas estar en la puerta hasta que lleguen para darles sus boletos?
- ¿Por qué te levantaste tan temprano? Mejor vete a dormir
- …

Hace un par de semanas, mi cuñada y Ula me organizaron una despedida de soltera. Mixta. Con los amigos del Inge y los míos. Hombres y mujeres. Nada de striptease ni teiboleras- excepto la piñata, que sí era de teibolera y a la cual mi concuño bautizó como “piñaly” por su parecido con Magaly mi concuña.

Llegamos el Inge y yo a casa de sus papás (sede de la despedida) muy temprano. Una hora y media antes de lo que habían citado a los invitados. Pasamos por la sala con los ojos cerrados para no ver lo que estaban preparando. El Inge se subió a dormir. Yo me quedé sentada en el sillón. Esperando. Viendo tele.

Llegó la hora de la fiesta y a lo lejos vi a mi cuñada, a Ula, a Magaly y a la novia de un amigo ponerse unos velos. Pequeñitos. Luego vi que traían uno más grande. Deduje que era para mí.

Y me cayó el veinte.

Me asusté. Grité y grité que no me lo pusieran. Que ya no quería casarme. Que qué demonios había hecho. Casi lloro. Sentía mariposas en la panza, tenía las manos sudorosas y el corazón casi se me salía. Y me lo pusieron a huevo.

Ya luego no me lo quería quitar, ji ji.

Si así me puse en la despedida ¿cómo me pondré el día de la boda?

Que, por cierto, es en CUATRO días.

Boda. Toma dos.

Sigo viva

Creo

Hoy fui a mi prueba de maquillaje. Quedé como payaso. En serio. No esperaba otra cosa, porque siempre tengo mala suerte con esas personas que la arreglan a una, pero nunca pensé que podía ser tan horrible. He querido llorar todo el día, pero no me lo he permitido. Sería mi segunda crisis pre-boda.

La primera fue hace un par de semanas. Ya teníamos el diseño de la invitación. Y el papel. Sólo faltaba imprimir las invitaciones. Y tenía que ser rápido, porque la etiqueta nupcial marca que deben ser repartidas un mes antes. El Ingeniero se las llevó a imprimir a su trabajo. Quedaron espantosas. Al día siguiente cargué con computadora, kilos y kilos de papel, tijeras, sobres y etiquetas. En el camión y en el tren [no, todavía no manejo, por si se lo preguntaban]. A mí se me hacía que no iba a alcanzar. Que por más esfuerzo que hiciera, las invitaciones estaban destinadas a quedar espantosas. Lloré y lloré. Y lloré. Y lloré más. En el camión y en el tren. Le llamé al Ingeniero. Le grité. Le lloré. L e colgué abruptamente. Llegué al centro de impresión con los ojos hinchados. Mandé la primera prueba y quedó lindísima. Y sonreí y fui feliz.

Y esa fue la primera crisis. Con final feliz.

La segunda es ésta. Y aún no me llega mi final feliz.

Creo que me maquilaré y me peinaré yo solita. Aunque la etiqueta nupcial marque que debo ir depiladita, pintadita y muy peinadita.

—-
p.d. me acabo de dar cuenta de que se borraron los comentarios de los dos posts anteriores. Juro que yo no fui.

¡¡!!

Tengo una pestaña-cana!!! tengo una cana en la pestaña!!! una cana!! en las pestañas!!! una pestaña blanca!!!

Ya había tenido una ceja-cana…

…y creo que son peores las cejas-canas que las pestañas-canas

Argh!! Noouuu!!

Me encanta esta ciudad.

Hace 10 años llegué aquí recién salida de la preparatoria. Caminaba por las calles con ojos como platos, admirándolo todo: los enormes edificios, las casotas antiguas, los árboles, los parques, la gente tal cual la había visto en las películas y la había leído en las novelas…

Luego volví un par de veces y seguía asombrándome.

Hace cuatro años que no venía… y me sigue asombrando. No sé exactamente por qué, pero lo describiría algo así:

Cuando camino por las calles de la Ciudad de México, siento que la ciudad es mía. Siento que los edificios y las calles y los árboles y el metro y los puestos en las calles son de todos. Se siente que esta ciudad le pertenece a los ciudadanos. Los espacios públicos son de los ciudadanos. Y los usan. Eso no pasa en Guadalajara. En Guadalajara hay bardotas rodeando los fraccionamientos, parques desolados, carros, carros y más carros, el tren ligero limpísimo, como si nadie lo usara. Como si nadie usara la ciudad. En Guadalajara está prohibido comer en el tren, pisar el pasto, poner puestos ambulantes, tomarle fotos al elefante del Centro Magno, sentarse en flor de loto en las bancas del tren, pedir la parada al camión en lugares no autorizados, entre muchas cosas más.

Además, en esta ciudad conviven tan armónicamente los edificios ultramodernos con las casonas coloniales. Por cada callejuela que camines, te encuentras con una sorpresa. Acabo de descubrir dos edificios que nunca había visto: la iglesia que está fuera del metro Tacuba y el hermosísimo, espectacular, monumental y gris edificio Art Deco de “Salubridad e Higiene” que está en la esquina del bosque de Chapultepec. Rodeado de camiones y puestos y basura. En Guadalajara se derriban edificios para abrir calles o construir casas, se abren y cierran vialidades ignorando por completo a los peatones.

Y claro, sé que para la mayoría de la gente no es un paraíso vivir en la Ciudad de México. Sé que solo alcanzo a ver lo bonito y lo turístico y sé que es demasiado naive de mi parte hablar así de esta Ciudad si apenas la conozco y solo he vivido en ella un total de 10 meses… pero no me importa… así la siento y así me gusta pensarla…

Mi hermanita

Una de las últimas cosas que me dijo mi hermana antes de salir de mi casa rumbo al aeropuerto para volar a Costa Rica, lugar donde vivirá de ayer en adelante fue:

- No te pongas mi ropa. Mi mamá vendrá por ella y la guardará hasta que regrese

Adivinen qué me puse ayer y hoy.
Adivinen qué me pondré mañana.

Muahahahahaha!!!

Mis vecinos

Figúrense que vivo en unos departamentos. Tengo por vecina a la clásica señora fodonga que les grita a sus hijos todo el día. Todos los días. De lunes a domingo. Gritos en la mañana, en la tarde, en la noche. En las vacaciones, en los días de ir a la escuela. Grita y grita. Sus hijos también le gritan a ella. Y lloran. Todos. Lo bueno es que esta linda familia es la de hasta abajo y no la de al lado.

Tengo también un vecino que toca los timbales, una pareja de recién casados, una señora con dos hijas adolescentes, un señor que hace no sé qué cosas con revistas y los de al lado. Ah!, los de al lado…

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Ahora sí me caso

Y el Ingeniero dijo: “casémonos”
Y yo dije: “pues casémonos”

Pero ya me ando arrepintiendo. Esto de planear una boda es una locura. Sobre todo cuando tratas de evitar los clichés una vez que estás envuelto en uno. Si casarse me parece de por sí un enorme y ridículo cliché, todo lo que rodea a esa decisión me está pareciendo aún peor.

Entonces ¿por qué chingados sigo empeñada en casarme después de ver cuán caro y estresante es?. Tengo tres respuestas en orden de importancia:

1. Por la presión social y familiar (la familia de mi mamá no sabe que vivo con el Ingeniero. La familia del Ingeniero sabe que vivimos juntos pero no son del todo felices con la idea) (la casera se refiere a mí como “la que vive con el Señor del 14″)
2. Por el pachangón (nunca he tenido uno tan grandote)
3. Por los beneficios legales que estar casado conlleva (aunque en realidad no he pensado en los contras eh!)

Nunca fui una de esas niñas que fantasean con ponerse un vestido blanco y caminar hacia el altar. Tampoco fui de esas a las que le gustaba jugar a que sus muñecas eran bebés. No hasta donde yo recuerdo. Así que no es mi máximo casarme. No me emociona vestirme de blanco ni presumir un anillo de compromiso. No creo que mi boda TENGA QUE ser el día más feliz y más perfecto de mi vida.

PERO…

La mercadotecnia bodológica me dice lo contario. Me repite una y otra vez que mi boda es el día más feliz; que la novia tiene que estar bella, blanca y perfecta; que un anillo simboliza mil y un cosas que tienen que ver con el amor; que las fotografías del evento las atesoraré sobre todas las cosas; que mis invitados quieren compartir y alegrarse por el amor que nos tenemos; que nuestro amor será más grande a partir del día de nuestra boda y cuando lo reafirmemos en el altar y bla bla bla…

Y creo que esto no tiene NADA que ver con el amor. Puro negocio. Y por eso me vuelvo loca. No puedo creer la ridícula cantidad de dinero que se paga por tener una boda. Es absurda y absolutamente abominable. ABOMINABLE.

Si hubieran ido a Expo Boda el fin de semana pasado, ahí me habrían encontrado haciendo berrinches y jalándome los pelos por la desesperación. Resulta que para la boda civil se tienen que pagar impuestos MÁS los honorarios del juez, además de invitarle un taco; que los vestidos de novia son todos largos, con pendejadas bordadas y con ¡velo! (ah, y que se tienen que pedir con cuatro meses de anticipación. Sin mencionar que no bajan de $7000) (¡¡SIETE MIL PESOS por un puto vestido que se usa una sola pinche vez en la vida!!!! y está barato eh!); que las sillas van ¡con moño!; que hay que depilarse, exfoliarse, darse un tratamiento de spa, maquillarse y peinarse (y eso que no estoy contando la dieta, porque por el estrés bajas porque bajas); que los meseros y los bar-men son imprescindibles; que está “in” ofrecer una barra de martinis que cuesta un dineral; que “la onda” son los fuegos artificiales y unos pinches cubos ahí nomás amontonados con luces por dentro que no he entendido para qué chingados sirven pero van incluidos en el paquete de la renta del lugar. Y así le puedo seguir. Hasta el infinito.

Ah, pero quería bodorrio!!!!

Y he decidido que: vestido corto y blanco, zapatos rojos, el Ingeniero se puede ir en Converse si quiere, anillos de plata o de esa cosa inoxidable, buffet de tacos de guisado, self-service de bebidas (chelas en la hielera, botellas en las mesas), papas con limón y salsa valentina, servilletas de papel y plantitas como recuerdo. Y párenle de contar. 200 invitados.

¿le gustará la idea a mi suegra?
¿aceptarán ir en esas condiciones mis invitados?
¿conseguiré un lugar bonito y barato para la pachanga?

Todo eso y más en el próximo capítulo de “Ahora sí me caso” ¡No se lo pierda!

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