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abril 1, 2011

Comer

Recuerdo muy bien que cuando estaba en la preparatoria, regresaba a mi casa a las 5:00 pm después de los ensayos del taller de comedia musical (sí, estuve en un musical) muerta de hambre y de cansancio y lo único que me hacía feliz era tomarme un vaso enorme de leche helada con chocomilk. Es que nunca me ha gustado la leche sola.

Luego, por un breve periodo de tiempo en el que no tuve trabajo pero aún estaba en la universidad, comía con mi abuelita (porque vivía con ella). Guisaba los frijoles con manteca y tenía un calentador de tortillas eléctrico que ponía en la mesa, así no había que pararse a la estufa. Siempre cocía betabeles, elotes, calabacitas y zanahorias. Me encantaba rebanar los elotes y comerme los granitos con crema y queso cotija.

Cuando vivía con Alva y trabajábamos juntas, nos las ingeniábamos para hacernos de comer. Ninguna de las dos somos amantes de las labores del hogar (cocinar, lavar platos, trapear, ir al super, mantener la casa ordenada… esas cosas ), así que la mayor parte del tiempo comíamos quesadillas. Una vez tratamos de hacer carne en su jugo pero no nos quedó muy bien. Igual nos la comimos. [Ahora que la visito en Guadalajara, tenemos la bonita costumbre de combinar los alimentos con cerveza (o vino) y seguir con las bebidas hasta que anochece. O amance]

Cuando el Ingeniero y yo comenzamos a vivir juntos, me paraba temprano para cocinar y hacerle compañía. Dos semanas le duró el gusto. Luego, sólo compartíamos la hora de la comida los fines de semana. Una vez preparamos una pizza que nos quedó deliciosa. Otra vez intentamos hacer no sé qué cosa con tomates y quedó todo crudo. También inventé una receta de chilaquies con salsa de chile pasilla y queso Philadelphia y él incursionó en la cocina coreana con el bulgogi. Muchas veces me preparó sushi y otras miles pedimos comida a domicilio.

Cuando me vine al DF y vivía con Gnomoshky fueron pocas las veces que compartimos la comida, pero esas pocas fueron memorables. Y es que él es un gran cocinero. Una vez preparamos hot cakes con tocino y él hizo una salsa de manzana casi de la nada. También hizo pozole y carne en su jugo, la compartimos con muchos amigos en una buena borrachera.

Desde hace cuatro meses que vivo con Javier, hemos comido juntos casi todos los días. Nuestra pequeñísima cocina y la ausencia de refrigerador hasta hace un mes, no nos permitían preparar mucho en casa. Salíamos todos los días al mercado a comprar guisados: una bolsota de arroz rojo por 6 pesos, guisado para los dos por 35 pesos, 10 pesos de frijoles que nos duraban dos días y 2 ó 3 pesos de tortillas. Sólo tenemos una olla y un sartén. Nos las ingeniamos para calentar todo en ambas, primero una cosa y luego la otra o en la mitad del sartén el arroz y en la otra mitad el guisado.

No tengo ningún recuerdo memorable de comer sola, al contrario. Cuando todavía trabajaba en el ITESO y salía a comer sola, comía pizza, o papas, o comida china que siempre me hacía daño. Las temporadas que pasaba sola en casa cuando ya no trabajaba en el Colegio de Jalisco ni en el ITESO, comía galletas. O no comía nada. En casa de Gnomoshky, cuando no estaba él, tampoco comía mucho: a veces arroz con atún, a veces quesadillas, a veces nada. Y recordarme haciendo eso me parte el corazón. No sé por qué lo hago.

Hoy Javier se fue a su nuevo trabajo. Tendré que comer sola de ahora en adelante. No sé en qué terminará esto y creo que apenas me di cuenta de lo grave que es.

diciembre 16, 2010

La evidencia

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diciembre 14, 2010

El detalle

El semestre pasado conocí a Aby Warburg y me enamoré perdidamente de él. Me refiero a él como “Aby Árbol” porque una vez que mencioné su nombre, un amigo lo entendió así y se le quedó.

La magia de la teoría de Aby Árbol es que se siente como si estuviera viva. Está llena de una energía extraña que jamás había conocido en nadie más. Hizo historia del arte con las entrañas, con el corazón, con sus fobias y pasiones. De hecho, su trabajo lo salvó de la locura mientras estuvo internado en una institución mental. Aby Árbol nunca temió mezclar sus preferencias, creencias, pasiones y miedos con su investigación, al contrario, las usaba para explicarse el mundo y explicarlo también a los demás.

Es conocido (y malinterpretado) por el aforismo que gustaba repetir “el buen Dios está en los detalles”, cuyo origen es aún oscuro. Y es que no se trata del detalle así nada más, del detalle vulgar, mundano, de la parte que forma un todo o del fragmento que sin el todo no es nada. El detalle en Warburg es un gesto, es energía, es la impronta del hombre prehistórico en nuestro cuerpo y nuestra mente. Es un síntoma que avisa y pone en evidencia una especie de enfermedad o contradicción o, simplemente de “algo”.

Este algo, estos detalles, este síntoma, esta enfermedad no nada más existe en las obras de arte. Es la magia del trabajo de Warburg, que se refiere a la vida misma, a sí mismo, a todos nosotros.

A mí.

Y es que este año se trató de descubrir mis detalles. Sí, descubrir. Así tal cual. Mis detalles que son mis síntomas y donde vive el buen Dios. O yo.

Son tan elocuentes los detalles, tan recurrentes los síntomas, tan aprendidos los gestos, tan abrumadores los recuerdos que me he sentido enferma, contradictoria, perdida a veces. Viva también. Y sintiente y pensante.

Mis detalles me definen frente a los demás y mis síntomas hablan de mi pasado y de mis memorias. Tantas horas he pasado buscando detalles en pinturas, en lecturas, en caminos; tratando de leer todo lo que está a mi alcance para aprender del mundo, de los demás, de las cosas, que no he reparado en que también debería leerme a mí misma.

Yo soy la lectura más agotadora con la que me he topado.

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